En esta amada Argentina , tierra que siempre fue de paz y trabajo para todos los hombres del mundo que quisieran (y realmente quisieron) habitarla , hemos venido padeciendo pérdidas, algunas verdaderamente terribles, todas dolorosas.
La década de los setenta nos quitó amigos o conocidos, que desaparecieron en una guerra cruel , despiadada e indigna. También el dolor sin par de nuestros jóvenes inmolados en Malvinas.
Las décadas que siguieron - los ochenta y los noventa - nos dejaron un tendal de personas despedidas de su empleo y de pequeños empresarios quebrados . Todos conocemos a alguien que ha sufrido la terrible experiencia de quedarse sin trabajo y sin posibilidad de obtener otro, de estar desocupado. Paralelamente esos años nos mostraron una cruel realidad de hambre, desnutrición y enfermedad en muchos lugares de la Patria.
El nuevo siglo, el nuevo milenio, nos muestra ahora a un sinfín de jóvenes y adultos que emigran con la esperanza de conquistar un mejor futuro, que esta sociedad pareciera que no puede ofrecerle. Se van dejando sus raíces, sus familias, sus amigos.
Sufren el desarraigo los que parten y la ausencia los que quedan. Nuevamente el dolor.
Para impedir que nuevas pérdidas partan nuestros corazones, creo que es menester hacer dos ejercicios: uno es el de la memoria, no ya como recuerdo con rencor sino como ejercicio de no olvido, para no volver a equivocar el camino; el otro es el del rescate de conductas ejemplares, en el trabajo, en la escuela, en la función pública, en el consorcio y fundamentalmente en la vida de relación, que se da en el respeto al otro y en la convicción sincera de que una de las formas de superar la realidad que nos aflige es la solidaridad para con el que sufre infortunios.
