Cuesta creer que en una ciudad civilizada como Buenos Aires se hagan pactos entre un gobierno saliente y otro entrante para subir los impuestos con el objeto de equilibrar las cuentas del gobierno saliente. Si hay alguien a quien éste gobierno debiera rendir cuentas del manejo del dinero público, no es el gobierno futuro, sino el pueblo que ha pagado esos impuestos.
Pero como siempre, la gente del común, que sólo trabaja y contribuye con su esfuerzo al funcionamiento de todo el aparato estatal, es el eterno ignorado. Con todo desparpajo se intenta cubrir con más erogaciones el déficit de una administración, como si los contribuyentes fueran siervos de la gleba en lugar de ciudadanos.
La Ciudad de Buenos Aires viene cobrando en una sola boleta, sin discriminación alguna, el rubro tasa por el servicio de alumbrado, barrido y limpieza y el impuesto territorial. Esa sola confusión de dos conceptos tan distintos revela el poco respeto que ha merecido siempre el bolsillo de la población. Porque tasa es el precio que se paga por un servicio público, mientras que impuesto es contribución a las arcas del gobierno para que éste ejerza sus funciones constitucionales.
De todos modos, la denominación del desembolso, a la gente, no le interesa. A lo sumo, como decíamos, revela falta de consideración por parte de la administración pública, que al confundir precio con impuesto se libera de velar porque la prestación que debe hacer sea verdaderamente eficaz. Lo importante es cobrar conciencia de que no se deben admitir futuros aumentos directos ni indirectos sin la contrapartida de mejores servicios. Buenos Aires nunca estuvo tan mal iluminada, tan mal barrida y tan sucia como ahora, de modo que, señores, comiencen por ofrecer mejoras sustanciales en este sentido antes que imponerle a los ciudadanos mayores cargas.
